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NotiGuatemala | La Princesa de las Milicias Celestiales

En sus oraciones matutinas en una capilla de capuchinos, arrodillada frente al altar y rodeada de los guardias que a Marcelo Pecci no cuidaron en Colombia, Quiñónez lava sus culpas y pide a Dios, por favor, que Cartes no permita nunca que se modifique la correlación de fuerzas en la Cámara de Diputados, sino ¿cómo seguirá ella viéndose en el espejo como un poderoso arcángel espadachín?

El arcángel Miguel es un milagroso guardia armado para judíos, cristianos y musulmanes. En la tradición iconográfica católica, este jefe militar celestial usa espada y está vestido a la usanza de un general imperial romano. Su presencia en el insuperablemente imaginativo Apocalipsis de Juan habilita la creencia de que será uno de los fervorosos fiscales vengadores del Juicio Final. Es un personaje de naturaleza divina, épica y justiciera que, en la oración muy popular que la mayoría católica en Paraguay conoce, defiende al creyente en la violenta lucha contra el Mal, contra el Demonio: porque él es el “príncipe de las milicias celestiales”.

Por lo menos para este cronista, no es difícil concluir que toda esta simbología religioso-militar-jurídica, cuya inevitable cita bíblica los lectores sabrán entender, tiene alto influjo en la manera en que se ve a sí misma la devota fiscala general del Estado, Sandra Quiñónez : una Princesa de las Milicias Celestiales.

En su despacho de Chile y Ygatimí, ella se siente protegida por un par de imágenes del santo del acero victorioso que, junto a otra del Divino Niño, se convierten en sostenedores metafísicos suyos. El sostén terrenal suyo es, por supuesto, Horacio Cartes . El ejército de ángeles que la defiende, en esta particular escatología cartista, la conforman diputados (no solo colorados) que sostienen a una Quiñónez que, a su vez como un arcángel, protege a los socios y socias del Patrón.

Pero es justo decir que, al menos hasta hace poco, ella también se sentía del todo cuidada por los Estados Unidos. Hoy uno puede especular que no vive tan segura de contar con el total favor norteamericano que, en otro tiempo y bajo los auspicios del inefable represor de hace veinte años, Óscar Germán Latorre, la formó en los oficios del Plan Colombia en el complejo y hermoso país en donde uno de los fiscales estrella de Quiñónez fue recientemente asesinado.

Se sabe que la confianza norteamericana en las élites gobernantes tiene un límite: sus propios asuntos. Su costumbre entrometida en Paraguay, eso que llaman confianza, tiene dilatada historia. Desde Alfredo Stroessner en adelante, la suya es una presencia constante y aviesa para sostener o derribar gobiernos. Una presencia, por ello, enquistada en los organismos de seguridad. Casi siempre, además, con apoyo popular diligenciado por el Partido Colorado.

A uno de los episodios iniciales de la intromisión norteamericana en el siglo que pasó me referí aquí, en febrero pasado, en la columna titulada “El Partido de la Embajada”. Podemos hacer alusión, además, a la influencia del Departamento de Estado en la caída del propio Stroessner en 1989, a pesar de que le había costado unos buenos años encontrar interlocución válida para ello entre militares tan acérrima y perrunamente stronistas. Este interlocutor-líder del golpe fue, finalmente, el general Andrés Rodríguez, el encargado del tráfico de drogas y consuegro del dictador, limpiado de esta manera furibunda por la gran democracia del Norte para la instauración en Paraguay de una democracia restringida, mínima, secuestrada que rige hasta nuestras días.

Como buena alumna de la doctrina de seguridad norteamericana, Quiñónez fue la primera en aplicar en 2010 una Ley Antiterrorista que, durante casi una década, no había podido ser aprobada en el Parlamento por sus amenazas a los derechos humanos y que, al final y sintomáticamente, fue promulgada bajo el gobierno de Fernando Lugo. Ella la utilizó contra campesinos politizados, pero inocentes, instrumentando a niños como testigos y fabricando pruebas, una consabida habilidad de este Ministerio Público. No lo hace contra su Patrón, acusado ahora de participar de esquemas del terrorismo internacional.

En sus oraciones matutinas en una capilla de capuchinos, arrodillada frente al altar y rodeada de los guardias que a Marcelo Pecci no cuidaron en Colombia, Quiñónez lava sus culpas y pide a Dios, por favor, que Cartes no permita nunca que se modifique la correlación de fuerzas en la Cámara de Diputados, sino ¿cómo seguirá ella viéndose en el espejo como un poderoso arcángel espadachín?