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NotiGuatemala | El disfraz de la conveniencia o la ideología de la intolerancia

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En la mayor parte de la historia occidental el matrimonio no fue cuestión de amor, sino una calculada transacción económica. La mujer, en la abrumadora fracción de los casos, era la pieza entregada en premio a cambio de alguna ventaja social o económica. En la propia Cuba colonial, el carácter transaccional de la institución quedaba en evidencia, cuando se emitieron decretos para intentar regular las uniones, de manera tal que no ocurriesen entre personas de distintos estratos sociales, o entre blancos y negros

Con El matrimonio arreglado , Vasili Pukirev, en 1863, logró ingresar como miembro honorario de la Imperial Academy of Fine Arts. La obra describe una ceremonia matrimonial de una muchacha, casi una niña, contrayendo matrimonio con un anciano semicalvo, al centro del cuadro, que bien pudiera sobrepasar los 60 años. El ambiente es sombrío, y el novio, pronto hombre casado, mira a la novia no con la mirada de quien ama, sino con severa mirada desde la altura. Un cura, no menos viejo, está a punto de ponerle el anillo a la novia, consagrando la transacción por la Iglesia. Detrás de la novia, un testigo nos mira directamente, con un rostro que nos confronta a no quedarnos impasibles frente a lo que acontece. El rostro triste de la adolescente parece ser el de alguien que ha llorado. Una vela en la mano izquierda se sostiene con desgano mientras gotea cera, y la mano derecha se extiende, resignada, a la sentencia que está por dejar caer el oficial religioso.

Se dice que Pukirev pintó la tragedia de su amigo Varentsov, quien, enamorado de una joven que le correspondía en sentimiento, vio cómo la enamorada era entregada por la familia a un hombre rico de la nobleza en un arreglo, usual en la época, puramente económico y social, en el cual la opinión de la mujer no era tenida en cuenta.

La pintura causó tal impresión en el artista británico Edmund Blair Leighton, que, en 1879, produjo el cuadro Hasta que la muerte nos separe , en el que en otra escena de boda se ve a una joven, ya adulta, caminando el pasillo de la iglesia de la mano del novio, un señor mucho mayor que ella. Ninguno de los personajes en la pintura tiene rostro de alegría. La novia, toda de blanco, mira triste hacia bajo, rehuyendo la mirada de un joven de rostro conmovido que, de pie, está a la misma altura de la pareja, en el lado izquierdo del cuadro. Al remitir inicialmente la pintura a la Academia Real, el autor le dio el título l.s.d . del latín libreae, solidi, denarii , que se traduce en libras, chelines y peniques. Clara alusión a la transacción que allí ocurría.

En la mayor parte de la historia occidental el matrimonio no fue cuestión de amor, sino una calculada transacción económica. La mujer, en la abrumadora fracción de los casos, era la pieza entregada en premio a cambio de alguna ventaja social o económica. En la propia Cuba colonial, el carácter transaccional de la institución quedaba en evidencia, cuando se emitieron decretos para intentar regular las uniones, de manera tal que no ocurriesen entre personas de distintos estratos sociales, o entre blancos y negros.

Pero el matrimonio como transacción no solo revela la asimetría social, ya sea económica, racial, o de otro tipo; sino la profunda verticalidad de una sociedad que le otorgaba, sobre todo al padre, la potestad de decidir por los hijos –aun si estos eran adultos– sobre qué tipo de unión podían realizar y qué afectos pueden ser tolerados.

Tal estado de cosas no fue privativo de la condición colonial. En la Cuba neocolonial de la república burguesa, el matrimonio siguió condicionado y limitado, o censurado por razones de asimetría económica, social y sobre todo racial. Lo que no se imponía por ley, se imponía como falsa conciencia, justificándose en un orden natural, las buenas costumbres, lo tradicional dado como algo eterno, o designios divinos. No faltan nunca las construcciones ideológicas para justificar propósitos de otra índole, e intereses más bien mezquinos y egoístas.

Poco vale entonces la defensa de un matrimonio tradicional que nunca ha existido como ideal de todos, salvo en las mentes de quienes quieren detenernos en algún punto del pasado de su conveniencia.

La Revolución fue también una revolución en el orden social y de las costumbres. Con ella, al barrerse el orden clasista que imponía las exclusiones sociales, se barrieron también las censuras para matrimonios económicamente asimétricos. Pero no quedó ahí. Como huracán renovador, echó por tierra otros prejuicios y falsas consideraciones de lo correcto. En muy poco tiempo, matrimonios entre personas del campo y de la ciudad, entre personas de distintos estratos sociales, entre blancos y negros, entre distintos niveles educativos, no solo se hicieron comunes, sino que se incorporaron a lo normal en una sociedad que ayer mismo veía con desagrado lo que se le había inculcado como antinatura o, peor aún, antidivino.

No faltaron, entonces, quienes clamaron a lo terrenal y lo divino, que la Revolución traía consigo una hecatombe social que destruiría la base de la familia en la sociedad. Que permitiendo barbaridades como el matrimonio interracial, provocaría el caos, y que Cuba sería un país inmoral donde de inmediato ocurriría que negros y blancos se juntarían en el desenfreno. No faltaba más, la «armonía de siglos» estaba a punto de ser destruida, lo que según los ideólogos de la catástrofe, estaba sancionado por haber sido de esa manera «desde el inicio de los tiempos», por la irresponsabilidad de los hombres. De ahí al castigo del destino, o de alguna deidad absoluta, era solo cuestión de tiempo. Nada de eso ocurrió.

La intolerancia siempre se disfraza de necesidad, y se victimiza como la amenazada para ocultar que es la cercenadora. Ha llegado la hora de dar un paso más de justicia. Se tiene derecho a votar no, lo que sí no hay derecho es a mentir sobre el Código de las Familias.

El día después de aprobar el Código no habrá más homosexuales, tampoco habrá menos; no habrá más transexuales, tampoco habrá menos; no habrá más bisexuales, tampoco habrá menos; no habrá más heterosexuales, tampoco habrá menos. La sociedad no colapsará por ello, ni se desatará el diluvio universal. El día después todo parecerá que sigue igual, pero detrás del aparente «no cambio» en las calles, habrá ocurrido un terremoto: todos tendremos nuestros derechos mejor protegidos, y seremos una sociedad un poco más justa, más bella, más feliz, más con todos y por el bien de todos.